Martes, 10 Noviembre 2015 00:00

George Harrison: El fantasma que escribía canciones de amor

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George Harrison: El fantasma que escribía canciones de amor George Harrison

El silencio y la oscuridad no son equivalentes al vacío ni a la falta de sentimientos. Hasta los fantasmas ocupan un espacio y tienen algo que decir, incluso son protagonistas de historias inverosímiles. George Harrison fue uno de estos entes, nunca fue escuchado a pesar de haber gritado a los cuatro vientos su existencia cuando integraba Los Beatles. Por eso, prefirió vagar entre los rincones de la banda, con una lección en mente.

Cuando se hablaba –y se habla– de Los Beatles, los nombres de John Lennon y Paul McCartney se prenden en luces de neón, mientras que la figura de Harrison queda relegada en la oscuridad como actor de reparto, entrecomillado, apenas por delante del tonto Ringo Starr. Muchos críticos atribuían su perfil bajo a su improductividad en el grupo. Autor de uno que otro tema cumplidor. Una apreciación injusta si creyéramos que la historia de Los Beatles se escribía solo en los escenarios, ante miles de fans balbuceantes.

Que el tramoyista trabaje de incógnito, no significa que la puesta en escena sea consecuencia del azar. Lo que pasa es que Harrison, con sus silencios y temores, fue aplastado por los egos fenomenales de Lennon y McCartney que lo redujeron a la mínima expresión, mientras ellos festinaban para imponer sus canciones en cada disco, en cada álbum, en cada concierto. A George los desmotivaban sin compasión: Por ejemplo, “[Así pasó] con While My Guitar Gently Weeps, la grabamos en una noche y había tal falta de entusiasmo… Así que me fui a casa desilusionado porque sabía que la canción era buena”. Ningún Beatle le encontró gusto al tema, solo George que tuvo que recurrir a Eric Clapton para que tocara la primera guitarra, muy a pesar de los gruñidos de los susodichos.While My Guitarfue incluido, contramarea, en El Álbum Blanco.

En su autobiografía I, Me, Mine (1979), Harrison ensaya, con una simpleza infantil, una justificación a estas actitudes: “El problema era que John y Paul habían compuesto canciones por tanto tiempo y […] pensaban que las suyas deberían tener prioridad. En cuanto a mí, siempre tenía que esperar diez de sus canciones antes que escucharan una mía […]. Era como si me hicieran un favor”.

El tiempo, amo y señor de las enseñanzas, demostraría –poco después de la disolución de Los Beatles– que George había sido un compositor con las manos atadas en medio de dos hienas. En su álbum All Things Must Pass, Harrison incluyó 23 canciones compuestas entre 1968 y 1970. Fue un éxito de discoteca. Muchos de esos temas habían sido escritos en pleno apogeo del grupo, irónicamente cuando ya se desbordaba la lucha titánica entre John y Paul.    

Los Beatles no daban para más. En la primavera de 1970, sin proponérselo, a Harrison le tocó poner el punto final con una canción escrita magistralmente en una noche e interpretada por él. I, Me, Mine, ese juego de pronombres (“Yo, Mí, Mío” literalmente) que alude al choque de egos de los últimos días de Los Beatles, fue la última grabación con el sello de la banda. Esa habría sido la oportunidad para gritar ¡libertad para un manumiso!: “…Me sentí mucho más feliz cuando me marché e hice mi propio material o lo que estuviera haciendo. Tenía muchos amigos que no eran Los Beatles”, o sea, John y Paul.

Harrison vivía relajado y procuraba no hablar de Los Beatles en los años posteriores a la caída del grupo. Por ello, durante las entrevistas para el álbum Antología fue el más esquivo, de algún modo, el que dejó la impresión de que la vida en la banda había sido pura ficción, escrita por los agentes mediáticos. En otra parte de I, Me, Mine, señala: "Los Beatles estaban condenados. Lo más importante que tiene una persona es su espacio. Es por eso que estábamos condenados, pues carecíamos de espacio".

En una gira por EE.UU., en 1974, George se puso en línea de fuego, al rehusarse tocar en sus conciertos los temas de Los Beatles. Sus fans lo sintieron como un fiasco, lo abuchearon. Algunos llegaron a creer que, con esa actitud, él había sido el Judas de la banda. Algo difícil de comprender para una generación que buscaba respuestas a la caída de sus ídolos.

Como decíamos, el silencio no tiene nada que ver con el vacío. Harrison fue más que un cliché, más que un Beatle. Fue una fuente de inspiración desbordante. Un incomprendido que cayó en pecado mortal al no haber levantado la voz en el momento preciso.

Sus últimos años, George los vivió atormentado y perseguido por esos malos recuerdos, la traición… y por la muerte. En un lapso de pocos meses, se había librado de las manos de un heroinómano, pero cayó vulnerado por el cáncer que lo acechaba incansable. El obituario de George está registrado el 29 de noviembre del 2001.

Alonso de Cetrina

Soy un periodista que se resiste a la extinción. Caótico, apocalíptico, humano. Un poco extraño para estos tiempos perros de tecnología omnímoda. Prefiero tragarme las mentiras de un político en vivo y en directo antes que dejarme timar por teléfono… No soy presidente ni astronauta porque no tengo tiempo. Crecí con los noticieros en blanco y negro: Marilyn Monroe no esperó mi adolescencia y Woodstock estaba muy lejos de mi casa. No llevo la cuenta de cuántos amigos he perdido por los carros-bomba o por la cachiporra de los cancerberos del gobierno. Pero, a pesar de todo, señores, Led Zeppelin y Slade Alive! resuenan en mis oídos y no pago ni un sol, mientras camino con el tumbao de John Travolta…