Lunes, 30 Mayo 2016 20:41

UN NUEVO ROSTRO PARA SAN MARTÍN

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Esculpirle nuestra fe al prócer.

“A sus héroes la nación les erige estatuas de bronce: si es un gran soldado, cabalga en la plaza, alto, sobre el pedestal. La nación quiere conocer la psicología de su héroe, y no hay monumento capaz de mostrarla; en el héroe están todos, y cada quién encuentra en él, algo de lo suyo propio”.

La introducción del biógrafo alemán, Emil Ludwig (1881-1948) para su libro “Bolívar, Caballero de la gloría y de la libertad”, nos plantea que no es posible analizar a un héroe a través de una escultura. Resuelta difícil para el escritor que desde esta perspectiva tengamos luces sobre el carácter y comportamiento del personaje. Y no le faltan motivos para asegurarlo. Sin embargo, los humildes descendientes y herederos de sus acciones heroicas, no estamos exentos -desde nuestros escasos conocimientos históricos- a cuestionarnos sobre lo que podría representar las facciones inmortalizadas en ese viejo y resistente mármol.

En la Plaza San Martín -uno de los lugares más emblemáticos del Centro Histórico de Lima- se encuentra la efigie del que hace 196 años desembarcó en Pisco, comandando la Expedición Libertadora que lucharía contra las huestes realistas para proclamar la libertad el 28 de Julio de 1821: el General Don José de San Martín. La estatua llegó ahí para la celebración del centenario de la independencia, y ello durante el régimen del presidente Augusto B. Leguía. En el corazón de dicha plaza, tendría que haber visto mucho (protestas, discursos, amores…) si no fuera porque su mirada se pierde en el suelo próximo al monumento. Contemplarlo desde los 16 metros que nos separan de su rostro, nos vislumbra una mirada derrotista, altanera y hasta desdeñosa, como quién ve a un hijo no reconocido reclamando el apellido.

Según la descripción del monumentoen Wikipedia: “San Martín no se muestra en actitud bélica, como en tantas otras representaciones, sino ensimismado, concentrado en sus pensamientos, pero sin perder un ápice de marcialidad ni de dignidad.” Quizás sea esa dignidad lo que nos confunde. Pero uno se pregunta, ¿por qué el caballo tiene una pose como insistiéndole a San Martín que salga de sus cavilaciones y lo eche a andar? El prócer ni siquiera lleva una bandera como la de Bolognesi en su monumento. No tiene, salvando las diferencias de épocas y hechos, un alma tan aguerrida como la de Haya de la Torre o una pose tan intelectual como la de José Carlos Mariátegui en su silla de ruedas (avenida 28 de Julio). Ni qué compararla con la de Manco Cápac en La Victoria, señalando al horizonte con un brazo y con el otro agarrando su báculo. Una nostálgica similitud podría suscitarse con la de Vallejo, en el jirón Huancavelica, que más parece amargada y pensativa que triste, como lo han querido retratar, a pesar de que sus contemporáneos como Luis Alberto Sánchez dicen que era un hombre de “risa muy franca, de buen humor. Una risa muy frecuente. Risa de buena gana.”

Así como dice Emil Ludwig: “en el héroe están todos, y cada quién encuentra en él algo de lo suyo propio”, no nos gustaría que San Martín guarde esa expresión tan adusta ni esa mirada esquiva, mucho menos esa actitud pasiva eternamente. Los tiempos cambian y la Lima de Leguía, no es la de hoy, ni siquiera “la horrible” de Salazar Bondy o César Moro. Es una ciudad distinta, rehabilitada, en franca vía de expansión; que va educándose, esforzándose por convivir en este crisol de culturas y razas, de gente humilde y trabajadora. Es la Lima de los héroes cotidianos, que poco a poco van construyendo esa “patria invisible” que anhelaba Basadre: la que algún día será. El Perú de hoy necesita cambiarle ese rostro a San Martín, porque no nos han derrotado.

Anacrónico Zeta

Analista, filósofo, opinólogo, crítico de cine. Todo sin certificar. Pilas de libros ocupan mi formación extra academicista. Egresado de comunicaciones de una universidad limeña que no me paga por mencionarla. Todo mi tiempo libre lo ocupo en recorrer Quilca y el pasaje 18 de Polvos Azules, buscando culturizarme con cine, literatura y otras artes. Casi nunca cargo un centavo para comprar algo, pero lo apunto en mi block adefesiero. Me gustan las buenas conversaciones con gente interesante, que te invita a debatir sobre algún tema sin pelear. Creo que un hombre no es lo que el cuadro meritorio le hizo creer en el colegio; “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él” como dijo Jean-Paul Sartre.